¿Cuándo fue la última vez que estuviste realmente en silencio delante de Dios?

Facebook-f Linkedin-in Youtube Comprar por WhatsApp Home Blog Home Blog ¿Cuándo fue la última vez que estuviste realmente en silencio delante de Dios? Vivimos rodeados de voces. Una notificación nos llama, un mensaje reclama nuestra atención, una noticia aparece en la pantalla, un video comienza automáticamente y una nueva publicación nos invita a deslizar una vez más. Y cuando finalmente dejamos el teléfono sobre la mesa, descubrimos algo que quizá resulte incómodo: el silencio exterior no siempre produce silencio interior. Podemos estar sentados en una habitación tranquila y, sin embargo, tener la mente llena de imágenes, conversaciones, noticias, preocupaciones y estímulos. Pero hay una pregunta todavía más importante para el cristiano: ¿qué está ocurriendo con nuestra capacidad de estar delante de Dios? No se trata simplemente de preguntarnos cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla. La cuestión es mucho más profunda. Se trata de considerar qué lugar ocupa nuestra atención, qué hacemos con nuestros momentos de quietud y qué tan fácilmente permitimos que cualquier estímulo reclame aquello que Dios nos ha confiado. Hay algo extraño en nuestra época. Tenemos acceso a más información que cualquier generación anterior, pero eso no significa que tengamos más sabiduría. Podemos comunicarnos instantáneamente con personas que están al otro lado del mundo, pero eso tampoco garantiza que sepamos conversar profundamente con quienes tenemos al lado. Podemos escuchar predicaciones, leer libros, consultar recursos cristianos y tener la Escritura disponible en cualquier momento, y aun así descubrir que nos cuesta permanecer unos minutos en silencio con una Biblia abierta. No necesariamente porque no amemos la Palabra de Dios. A veces simplemente hemos acostumbrado nuestra mente a un ritmo diferente. Todo debe ser rápido. Todo debe ser inmediato. Todo debe producir una respuesta. Todo parece competir por nuestra atención. Sin embargo, la vida cristiana no puede reducirse a estímulos constantes. Hay realidades que requieren detenerse, pensar, meditar, orar, escuchar y esperar. La Escritura nos llama a detenernos y considerar. El salmista dice: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Salmo 46:10). La quietud bíblica no es simplemente ausencia de ruido. Es reconocer quién es Dios y recordar quiénes somos nosotros. Es abandonar, aunque sea por un momento, la ilusión de que todo depende de nuestra vigilancia permanente. El cristiano no necesita saber qué está ocurriendo en todas partes. No necesita responder inmediatamente a todo. No necesita tener una opinión sobre cada acontecimiento. No necesita estar permanentemente informado para demostrar que está despierto. Hay una diferencia entre estar informado y vivir sabiamente, y esa diferencia merece nuestra atención. Por eso sería bueno hacernos algunas preguntas sencillas. Cuando tenemos cinco minutos libres, ¿qué hacemos con ellos? Cuando estamos esperando algo, ¿qué hacemos? Cuando estamos aburridos, ¿qué buscamos? Cuando sentimos ansiedad, ¿a dónde acudimos? Cuando necesitamos descansar, ¿qué hacemos? Nuestras respuestas pueden revelar mucho más de lo que pensamos. No porque toda utilización de la tecnología sea necesariamente mala, sino porque aquello a lo que acudimos repetidamente puede ocupar un lugar demasiado importante en nuestra vida. El problema no consiste simplemente en tener un teléfono, utilizar Internet o participar en las redes sociales. El asunto más profundo es qué hacemos con nuestro tiempo, nuestra atención y nuestros afectos. Vivimos en una cultura que interpreta cualquier límite como una pérdida de libertad. Si algo está disponible, debemos utilizarlo. Si podemos responder, debemos hacerlo. Si podemos mirar, debemos mirar. Si podemos conocerlo, debemos conocerlo. Si podemos participar, debemos participar. Pero la sabiduría cristiana sabe que no todo lo que podemos hacer es necesariamente provechoso. Hay ocasiones en las que decir “no” no significa perder libertad, sino ejercerla. Decir “no” a una distracción puede ser decir “sí” a la oración. Decir “no” a una conversación innecesaria puede ser decir “sí” a escuchar. Decir “no” a una hora más de entretenimiento puede ser decir “sí” a nuestra familia. Decir “no” a revisar nuevamente una pantalla puede ser decir “sí” al descanso. Y algunas veces necesitamos sencillamente decir “no” porque nuestro tiempo no es infinito. El cristiano sabe que la vida es un regalo. Nuestros días no son infinitos. Nuestra juventud no es infinita. Nuestra energía no es infinita. Nuestro tiempo tampoco. Por eso la Escritura nos exhorta: “Aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Efesios 5:16). Esto cambia nuestra perspectiva. La pregunta deja de ser solamente “¿cuánto tiempo puedo dedicarle a esto?” y comienza a ser “¿vale la pena entregar parte de la vida que Dios me ha confiado a esto?”. No es una pregunta exclusiva para quienes consideran que tienen un problema con la tecnología. Es una pregunta para todos: para el joven, para el padre, para la madre, para el pastor, para el estudiante y para el profesional; para quien trabaja todo el día frente a un computador y también para quien piensa que no tiene ningún problema con las pantallas. Quizá tampoco necesitamos más contenido. Esta es una de las grandes paradojas de nuestro tiempo. Tenemos acceso a sermones, libros, artículos, podcasts, devocionales, cursos, conferencias, debates, noticias y opiniones. Y, aun así, podemos sentir que necesitamos consumir algo más. Tal vez la pregunta no sea siempre “¿qué más necesito escuchar?”, sino “¿qué necesito obedecer?”. La madurez cristiana no consiste simplemente en acumular información religiosa. Consiste en crecer en semejanza a Cristo. Y eso requiere más que consumir contenido. Requiere una vida vivida delante de Dios. Quizá necesitamos recuperar algo sencillo. Una mesa sin teléfonos. Una conversación sin pantallas. Un trayecto sin estímulos constantes. Un momento de oración sin interrupciones. Una Biblia abierta sin otra aplicación funcionando al mismo tiempo. Una mañana en la que lo primero que buscamos no sea una pantalla. Una noche en la que aprendamos nuevamente a descansar. No porque la tecnología sea el enemigo, sino porque ninguna herramienta debe convertirse en el centro de nuestra existencia. Tenemos algo mucho más importante que hacer con nuestra vida. Tenemos un Dios al cual conocer, una Palabra que obedecer, una iglesia a la cual servir, una familia a la cual amar, un prójimo al cual hacer bien
